¿Cuánta agua potable hay en el mundo y cuánto nos queda realmente?
La Tierra parece un planeta con agua de sobra. Alrededor del 71 % de su superficie está cubierta por ella y el volumen total se estima en unos 1.386 millones de kilómetros cúbicos. Convertido a litros, la cifra resulta difícil incluso de visualizar: aproximadamente 1,386 × 10²¹ litros. Sin embargo, esa abundancia es engañosa cuando pensamos en el agua que necesitamos para beber, producir alimentos o abastecer ciudades. La inmensa mayoría es agua salada y solo una pequeña parte es dulce. De esa fracción, además, una gran cantidad permanece congelada o almacenada bajo tierra y no está inmediatamente disponible para nosotros.
Por eso preguntar cuánta agua potable queda en el mundo no tiene una respuesta tan sencilla como dar un porcentaje. Agua dulce, agua disponible y agua potable son conceptos diferentes. Un glaciar contiene agua dulce, pero eso no significa que podamos utilizarla. Un acuífero puede contener enormes reservas y encontrarse a cientos de metros de profundidad. Un río puede transportar agua dulce y, al mismo tiempo, estar contaminado hasta el punto de que beber de él resulte peligroso. Para saber de cuánta agua disponemos realmente hay que mirar no solo la cantidad, sino también dónde se encuentra, su calidad y nuestra capacidad para acceder a ella.
De toda el agua del planeta, solo una pequeña parte es dulce
Aproximadamente el 97,5 % del agua de la Tierra es salada y se encuentra principalmente en mares y océanos. Solo alrededor del 2,5 % es agua dulce. A primera vista podría parecer suficiente, pero aquí empieza otra reducción importante: gran parte de ese 2,5 % está concentrada en glaciares, casquetes polares y nieves permanentes, mientras que otra proporción considerable forma parte de las reservas subterráneas.
Los lagos y ríos, que son las fuentes que solemos asociar de manera más inmediata con el abastecimiento humano, representan una parte diminuta del agua total del planeta. Esto no significa que solo podamos utilizar el agua visible en superficie, porque las aguas subterráneas son fundamentales para millones de personas y para una enorme superficie agrícola. Pero sí muestra por qué la cifra del 2,5 % puede llevar a error si se interpreta como “agua disponible”.
| Tipo de agua | Proporción aproximada |
|---|---|
| Agua salada | 97,5 % |
| Agua dulce | 2,5 % |
| Agua dulce fácilmente accesible en superficie | Una fracción muy pequeña del total |
| Agua potable | No puede expresarse mediante un porcentaje fijo |
La última diferencia es probablemente la más importante. Agua dulce no significa agua potable. Para poder beberla con seguridad debe cumplir determinadas condiciones de calidad. Puede ser necesario eliminar microorganismos, sustancias químicas, sedimentos u otros contaminantes antes de que llegue al consumo humano. Por eso esas afirmaciones que circulan con frecuencia de que “solo el 1 % del agua del planeta es potable” simplifican demasiado una realidad mucho más compleja.
Entonces, ¿cuánta agua potable hay realmente?
No existe un depósito mundial con una cantidad fija de agua potable que pueda medirse una vez y dividirse entre toda la humanidad. La potabilidad es una condición que puede cambiar. Un agua dulce contaminada puede tratarse hasta resultar apta para el consumo; el agua del mar puede transformarse mediante desalación; y aguas residuales correctamente depuradas pueden reutilizarse para numerosos usos. También sucede lo contrario: un acuífero que durante décadas proporcionó agua de buena calidad puede contaminarse o sufrir intrusión salina y dejar de servir para el mismo propósito.
Eso hace que la disponibilidad dependa de muchos factores simultáneos. Hace falta que exista una fuente de agua, que su extracción no supere continuamente su capacidad de recuperación, que la calidad sea suficiente o pueda tratarse y que haya infraestructuras para conducirla hasta donde vive la población. Una comunidad puede encontrarse junto a un río y no disponer de agua potable si el agua está contaminada o no existe un sistema adecuado de captación y tratamiento.
Esta distinción permite entender otra aparente contradicción. El planeta contiene una cantidad enorme de agua y, sin embargo, miles de millones de personas siguen viviendo sin un servicio de agua potable gestionado de forma segura. Según los últimos datos mundiales de OMS y UNICEF, correspondientes a 2024, alrededor del 74 % de la población utilizaba este tipo de servicio, mientras aproximadamente 2.100 millones de personas todavía carecían de él. El problema, por tanto, no es únicamente encontrar agua; también consiste en garantizar que esté disponible cuando se necesita, que sea accesible y que pueda consumirse sin poner en riesgo la salud.
Si hay tanta agua, ¿por qué puede faltar?
Porque el agua no está repartida de manera uniforme ni en el espacio ni en el tiempo. Algunas regiones reciben abundantes precipitaciones durante gran parte del año, mientras otras atraviesan largas estaciones secas. Incluso una zona con un volumen anual de lluvia considerable puede tener problemas si la mayor parte cae en unas pocas tormentas intensas y después pasan meses sin apenas precipitaciones.
Aquí intervienen también las características del territorio. Si la lluvia cae sobre un suelo degradado o muy impermeabilizado, una parte importante puede circular rápidamente por la superficie y abandonar la zona en forma de escorrentía. Cuando existen suelos con buena estructura, vegetación y sistemas capaces de retener o almacenar agua, una mayor proporción puede infiltrarse y permanecer disponible durante más tiempo. La gestión del territorio influye, por tanto, en la diferencia entre recibir agua y conseguir conservarla.
A esto se suma la demanda. Una región puede disponer inicialmente de recursos suficientes y empezar a sufrir estrés hídrico después de un fuerte crecimiento urbano, la expansión del regadío o el aumento de determinadas actividades industriales. No hace falta que desaparezca el agua para que aparezca escasez; basta con que la demanda supere de manera recurrente la cantidad que puede utilizarse sin deteriorar la fuente.
Los acuíferos muestran muy bien este problema. El agua subterránea actúa como una enorme reserva y resulta esencial en muchas regiones secas, pero no todos los acuíferos se recuperan a la misma velocidad. Si se bombea continuamente más agua de la que entra, el nivel desciende. Al principio puede parecer que nada ocurre porque los pozos siguen funcionando. Con el paso de los años hay que perforar más profundo, aumenta la energía necesaria para bombear y los pozos menos profundos pueden quedar inutilizados. En las costas, además, la caída del nivel de agua dulce puede facilitar que el agua marina penetre en el acuífero y aumente su salinidad.
¿Se puede acabar el agua del mundo?
No de la forma en que se agota una reserva de petróleo. El agua participa continuamente en el ciclo hidrológico: se evapora, forma nubes, precipita, circula por ríos, se infiltra en el suelo y regresa finalmente a océanos y otros reservorios. Las moléculas de agua que utilizamos hoy no desaparecen simplemente del planeta.
Lo que sí puede acabarse es el agua dulce utilizable en un lugar determinado. Una ciudad puede quedarse sin reservas suficientes durante una sequía; un acuífero puede descender hasta niveles en los que resulte demasiado caro seguir extrayéndolo; un río puede llevar tan poco caudal que no alcance para satisfacer todas las demandas; y una fuente puede seguir existiendo físicamente pero quedar inutilizada debido a la contaminación.
Por eso tampoco existe una respuesta rigurosa a preguntas como “¿cuántos años de agua potable nos quedan?”. No hay una cuenta atrás mundial. Las condiciones de una región húmeda con acuíferos renovables no son comparables con las de una zona árida que depende de reservas subterráneas de recarga muy lenta. Hablar de una única fecha para todo el planeta oculta precisamente aquello que hace complejo el problema: cada territorio tiene unas reservas, una demanda y una capacidad de renovación diferentes.
El cambio climático añade otra capa de dificultad porque modifica la distribución del agua más que su cantidad total. El aumento de las temperaturas favorece una mayor evaporación y altera los patrones de precipitación. Algunas regiones pueden sufrir sequías más largas mientras otras reciben lluvias extremadamente intensas. Ambas situaciones pueden coexistir: una tormenta torrencial después de meses de sequía no garantiza que los acuíferos se recuperen si la mayor parte del agua corre por la superficie antes de poder infiltrarse.
¿Qué porcentaje del agua del mundo está contaminada?
Esta es una de las preguntas más buscadas, pero resulta difícil responderla con un único porcentaje. No existe una medición global que permita afirmar de forma rigurosa que “el X % de toda el agua del planeta está contaminada”, porque la calidad se analiza de maneras distintas según hablemos de ríos, acuíferos, lagos, aguas residuales o fuentes destinadas al abastecimiento.
La contaminación tampoco es uniforme. Un río puede presentar una calidad relativamente buena en su cabecera y recibir aguas residuales, nutrientes agrícolas o vertidos industriales kilómetros más abajo. Un acuífero puede deteriorarse lentamente durante años por nitratos o sustancias químicas antes de que el problema resulte evidente. También hay contaminantes microbiológicos que convierten una fuente aparentemente limpia en peligrosa para beber.
Lo importante es que la contaminación reduce la cantidad de agua realmente disponible, aunque el volumen físico siga siendo exactamente el mismo. El agua no desaparece, pero para volver a utilizarla puede requerir tratamientos cada vez más complejos y caros. En lugares sin infraestructuras suficientes, una fuente contaminada puede equivaler en la práctica a perder una fuente de abastecimiento.
La gestión de aguas residuales es especialmente importante. Cuando las aguas utilizadas por hogares o industrias se devuelven al medio sin un tratamiento adecuado, pueden deteriorar ríos, lagos y acuíferos de los que después dependen otras personas. Mejorar el saneamiento y la depuración no es, por tanto, un problema separado del abastecimiento: ambas cosas forman parte del mismo ciclo.
El agua que tenemos también depende de cómo la utilizamos
A escala mundial, la agricultura representa la mayor parte de las extracciones de agua dulce. Esto se debe sobre todo al regadío, aunque las proporciones varían mucho entre países. En economías con una agricultura irrigada muy importante, el peso del sector puede ser enorme; en otras regiones, industria y generación energética ocupan una parte mayor.
Este dato ayuda a poner en contexto los mensajes sobre ahorro doméstico. Reducir consumos innecesarios en casa tiene sentido y forma parte de una gestión responsable, pero resolver la presión mundial sobre los recursos hídricos exige trabajar también en agricultura, industria, redes urbanas y planificación territorial. Un sistema de riego ineficiente o una red de abastecimiento con fugas importantes puede perder cantidades de agua muy superiores a las que puede ahorrar una familia mediante pequeños cambios cotidianos.
Hay además margen para aumentar la cantidad de agua utilizable sin encontrar necesariamente nuevas reservas. La reutilización de aguas residuales permite emplear agua tratada en agricultura, industria o determinados usos urbanos. La desalación proporciona agua dulce a partir del mar y ya desempeña un papel importante en algunas zonas áridas, aunque requiere energía y plantea el problema de gestionar adecuadamente la salmuera resultante. Reducir fugas, mejorar el riego o almacenar mejor el agua disponible puede ser igualmente importante.
Incluso el suelo forma parte de esta infraestructura hídrica aunque no solamos verlo así. Un terreno con buena estructura, raíces y materia orgánica puede infiltrar y retener parte de una lluvia durante más tiempo. En un suelo compactado o desprovisto de vegetación, una proporción mayor puede convertirse en escorrentía. Cuidar el suelo y la vegetación de una cuenca es también una forma de gestionar el agua.
El problema no es solo cuánto agua hay, sino quién puede acceder a ella
Una de las grandes desigualdades mundiales aparece cuando dejamos de mirar litros y empezamos a mirar personas. Tener una fuente de agua próxima no garantiza disponer de un servicio seguro. Para que el agua sea realmente útil para la vida cotidiana tiene que llegar en cantidad suficiente, cuando se necesita y con una calidad adecuada.
Las diferencias entre zonas urbanas y rurales siguen siendo importantes. En 2024, aproximadamente el 83 % de la población urbana disponía de servicios de agua potable gestionados de forma segura, mientras en las zonas rurales la cobertura estaba alrededor del 60 %. Detrás de esas cifras se esconden realidades todavía más distintas: desde viviendas con suministro continuo y tratamiento avanzado hasta familias que dependen de pozos, fuentes comunitarias o agua superficial.
Por eso la escasez no puede entenderse exclusivamente como un fenómeno natural. Las infraestructuras, la capacidad económica, la gestión pública, los conflictos y las desigualdades influyen en quién accede al recurso. Dos territorios con disponibilidades de agua similares pueden ofrecer condiciones completamente diferentes a su población si uno dispone de redes, tratamiento y mantenimiento adecuados y el otro no.
Entonces, ¿cuánta agua nos queda?
A escala planetaria seguimos teniendo una cantidad inmensa de agua y no existe una fecha en la que vaya a desaparecer. Pero esa respuesta, aunque técnicamente cierta, dice poco sobre el verdadero problema. La parte que necesitamos es agua dulce, suficientemente limpia, accesible y disponible en el lugar y momento adecuados. Esa fracción es mucho más limitada y puede deteriorarse rápidamente cuando extraemos demasiado, contaminamos las fuentes o degradamos los ecosistemas que ayudan a regular el ciclo del agua.
La seguridad hídrica depende, por tanto, de mantener un equilibrio. Necesitamos utilizar agua para beber, producir alimentos, mantener actividades económicas y sostener ciudades, pero hacerlo sin superar de manera permanente la capacidad de recuperación de ríos, acuíferos y ecosistemas. También necesitamos tratar y reutilizar mejor el agua que ya hemos utilizado, evitar que la contaminación convierta fuentes disponibles en inutilizables y adaptar nuestras infraestructuras a un clima cada vez más variable.
Decir que “al mundo se le está acabando el agua” no describe correctamente lo que ocurre. Lo que sí estamos viendo en muchos lugares es una creciente dificultad para garantizar agua dulce segura a todas las personas sin degradar las reservas de las que dependeremos mañana. Esa es la cuestión que realmente importa.
Preguntas frecuentes
¿Qué porcentaje del agua del planeta es potable?
No existe un porcentaje fijo de “agua potable” comparable al de agua dulce. Aproximadamente el 2,5 % del agua terrestre es dulce, pero buena parte está congelada o almacenada bajo tierra y no toda cumple las condiciones necesarias para beberla sin tratamiento.
¿Cuántos litros de agua hay en el mundo?
El volumen total se estima en unos 1.386 millones de kilómetros cúbicos, aproximadamente 1,386 × 10²¹ litros.
¿Se acabará el agua potable?
No existe una fecha mundial en la que vaya a acabarse. Sí pueden agotarse o degradarse determinadas fuentes de agua dulce a escala local o regional por sobreexplotación, sequías, contaminación o falta de infraestructura.
¿El agua dulce siempre es potable?
No. Puede contener microorganismos, productos químicos u otros contaminantes. El agua dulce puede necesitar tratamiento antes de poder consumirse de forma segura.
¿Cuántas personas no tienen acceso seguro al agua potable?
Los datos globales correspondientes a 2024 indican que alrededor de 2.100 millones de personas todavía no disponían de servicios de agua potable gestionados de forma segura.
¿Podemos utilizar el agua del mar?
Sí. La desalación permite transformar agua marina en agua dulce y es importante en determinadas regiones. Sin embargo, requiere infraestructura y energía y genera salmuera que debe gestionarse correctamente.
En Azada Verde luchamos favor de la conservación y del uso responsable del agua a través de la agricultura sostenible, que no emplea químicos en la producción de frutas y verduras que puedan contaminar las aguas y con la que ayudamos a numerosas familias agricultoras a salir del pozo del hambre y la pobreza. Puedes ayudarnos pulsando en el siguiente link.
Fuentes:
USGS – Where is Earth’s Water?
Es la fuente clásica para la distribución del agua del planeta: volumen total aproximado, porcentaje de agua salada y agua dulce, y reparto entre océanos, hielo, aguas subterráneas y agua superficial.
https://www.usgs.gov/special-topics/water-science-school/science/where-earths-water
UN-Water – Water and Climate Change
Muy útil para la parte sobre disponibilidad real. UN-Water señala que solo una fracción del agua terrestre es agua dulce utilizable y disponible, y explica cómo el cambio climático altera su distribución y previsibilidad. UN Water
https://www.unwater.org/water-facts/water-and-climate-change
UN-Water – Water Scarcity
Sirve para explicar por qué puede haber escasez aunque el planeta tenga enormes cantidades de agua: demanda, disponibilidad física, calidad, infraestructuras y gestión. UN Water
https://www.unwater.org/water-facts/water-scarcity
WHO/UNICEF Joint Monitoring Programme – Progress on household drinking water, sanitation and hygiene 2000–2024
Es la fuente que respalda los datos más recientes del artículo: en 2024, el 74 % de la población mundial utilizaba servicios de agua potable gestionados de forma segura y 2.100 millones de personas todavía carecían de ellos. También aporta el 83 % urbano y 60 % rural. UNICEF DATA
https://data.unicef.org/resources/jmp-report-2025/
UNICEF Data – Drinking Water
Otra buena referencia para acceso mundial al agua potable, desigualdades y población que todavía utiliza fuentes superficiales o no mejoradas. UNICEF DATA
https://data.unicef.org/topic/water-and-sanitation/drinking-water/
FAO AQUASTAT – Agricultural Water Management
Para la parte sobre consumo de agua. FAO sitúa actualmente la agricultura en torno al 72 % de las extracciones mundiales de agua dulce, fundamentalmente por el regadío. FAOHome
https://www.fao.org/land-water/water/agricultural-water-management/water-scarcity/
UN-Water – Water Quality and Wastewater
Esta es especialmente importante para el apartado “¿qué porcentaje del agua está contaminada?”. Sirve precisamente para evitar dar una cifra falsa sobre “todo el agua contaminada del mundo”: los datos globales disponibles se refieren a indicadores concretos, como calidad de masas de agua o tratamiento de aguas residuales. UN Water
https://www.unwater.org/water-facts/water-quality-and-wastewater
UN-Water – Progress on Wastewater Treatment 2024
Fuente más técnica para contaminación y aguas residuales. El informe explica que los datos actuales no permiten calcular una única proporción global de todas las aguas residuales tratadas de forma segura, aunque sí estima que en 2022 el 42 % de las aguas residuales domésticas no se trataban de forma segura antes de su vertido. UN Water
https://www.unwater.org/publications/progress-wastewater-treatment-2024-update

