Cómo está cambiando el clima nuestra forma de cultivar
La agricultura siempre ha dependido del clima. Cada cultivo necesita unas determinadas temperaturas, una cantidad de agua concreta y unas condiciones mínimamente previsibles para completar su ciclo. Lo que está cambiando ahora no es esa dependencia, sino la velocidad con la que están variando algunas de esas condiciones. Las temperaturas medias aumentan, las olas de calor son más frecuentes en muchas regiones, las lluvias pueden llegar de forma más irregular y los episodios extremos obligan a agricultores y agricultoras a trabajar con un margen de incertidumbre mayor.
Esto no significa que el cambio climático vaya a afectar de la misma manera a todos los cultivos ni a todos los países. En zonas frías, una temporada algo más larga puede beneficiar temporalmente a determinadas producciones; en regiones que ya se encuentran cerca de los límites térmicos de algunos cultivos, unos pocos grados adicionales pueden provocar el efecto contrario. Incluso dentro de una misma comarca puede haber diferencias importantes según la orientación de una parcela, el tipo de suelo, el acceso al agua o las variedades que se utilicen.
Por eso, cuando hablamos de agricultura y cambio climático, conviene evitar explicaciones demasiado simples. El problema no se reduce a que “hará más calor”. Lo que cambia es todo el conjunto de relaciones que determina si una cosecha llega a buen término: cuándo llueve, cuánto dura una sequía, qué temperatura se alcanza durante la floración, qué cantidad de agua queda almacenada en el suelo o si una plaga consigue sobrevivir a un invierno que antes limitaba su expansión.
Unos pocos días pueden decidir una cosecha
La temperatura media anual es un indicador importante, pero un agricultor puede verse mucho más afectado por lo que ocurra durante una semana concreta. Una ola de calor coincidiendo con la floración puede reducir la fecundación y afectar al rendimiento incluso aunque el resto de la temporada haya tenido unas condiciones relativamente normales. Algo parecido sucede cuando una sequía llega precisamente durante la formación del fruto o el llenado del grano.
El calor también acelera determinados procesos de las plantas. En algunas circunstancias, un cultivo completa su ciclo antes de tiempo y dispone de menos días para desarrollar grano, frutos o biomasa. Además, cuanto más alta es la temperatura, mayor puede ser la pérdida de agua mediante evaporación y transpiración, de modo que una misma cantidad de lluvia ya no necesariamente ofrece las mismas condiciones que décadas atrás.
En el caso de la ganadería aparecen problemas similares. El estrés térmico puede reducir el consumo de alimento y afectar a la reproducción o a la producción de leche. Los animales necesitan más agua y espacios de sombra, y sistemas que funcionaban correctamente con temperaturas algo inferiores pueden requerir modificaciones.
La cuestión, por tanto, no es únicamente cuánto aumenta la temperatura, sino cuándo ocurre ese aumento y durante cuánto tiempo permanece por encima de los límites que cada cultivo o animal puede tolerar.
El agua se está convirtiendo en una de las grandes fronteras de la agricultura
En buena parte del mundo agrícola, el cambio climático se percibe principalmente a través del agua. Las lluvias pueden hacerse más irregulares, aumentar los periodos secos y crecer la evaporación en los meses más cálidos. Para una explotación de secano, unas semanas adicionales sin precipitaciones pueden marcar una diferencia enorme. Una finca con riego dispone de mayor capacidad de respuesta, pero tampoco está aislada del problema si los embalses, ríos o acuíferos de los que depende reciben menos aportes o soportan una extracción creciente.
Además, no basta con contar cuántos litros caen a lo largo de un año. Importa mucho la manera en que llegan. Una precipitación repartida durante varias semanas puede infiltrarse y mantener la humedad del terreno; esa misma cantidad concentrada en una tormenta de pocas horas puede causar inundaciones, arrastrar suelo y abandonar rápidamente la parcela.
Aquí aparece una relación que a menudo se olvida: el agua disponible depende también del estado del suelo. Un terreno con estructura, raíces, cobertura vegetal y materia orgánica puede absorber mejor una lluvia y almacenarla durante más tiempo. Cuando el suelo está compactado o desnudo, aumenta la escorrentía y una parte importante del agua se pierde justo cuando más falta puede hacer unos días después.
Por eso adaptar la agricultura a un clima más seco no significa únicamente instalar sistemas de riego. También implica conservar el agua dentro del paisaje. Una cubierta vegetal que protege el terreno, una rotación que mejora la estructura del suelo o una reducción de la erosión pueden parecer decisiones agrícolas independientes, pero todas influyen en la cantidad de humedad disponible para un cultivo.
Y aun con sistemas eficientes existe un límite. Si una región extrae sistemáticamente más agua de la que sus reservas pueden recuperar, mejorar la tecnología de riego no resuelve por sí sola el desequilibrio. Incluso puede ocurrir que una mayor eficiencia haga rentable ampliar la superficie regada y que el consumo global no disminuya. La adaptación necesita mirar la explotación, pero también la cuenca de la que depende.
El agua se está convirtiendo en una de las grandes fronteras de la agricultura
En buena parte del mundo agrícola, el cambio climático se percibe principalmente a través del agua. Las lluvias pueden hacerse más irregulares, aumentar los periodos secos y crecer la evaporación en los meses más cálidos. Para una explotación de secano, unas semanas adicionales sin precipitaciones pueden marcar una diferencia enorme. Una finca con riego dispone de mayor capacidad de respuesta, pero tampoco está aislada del problema si los embalses, ríos o acuíferos de los que depende reciben menos aportes o soportan una extracción creciente.
Además, no basta con contar cuántos litros caen a lo largo de un año. Importa mucho la manera en que llegan. Una precipitación repartida durante varias semanas puede infiltrarse y mantener la humedad del terreno; esa misma cantidad concentrada en una tormenta de pocas horas puede causar inundaciones, arrastrar suelo y abandonar rápidamente la parcela.
Aquí aparece una relación que a menudo se olvida: el agua disponible depende también del estado del suelo. Un terreno con estructura, raíces, cobertura vegetal y materia orgánica puede absorber mejor una lluvia y almacenarla durante más tiempo. Cuando el suelo está compactado o desnudo, aumenta la escorrentía y una parte importante del agua se pierde justo cuando más falta puede hacer unos días después.
Por eso adaptar la agricultura a un clima más seco no significa únicamente instalar sistemas de riego. También implica conservar el agua dentro del paisaje. Una cubierta vegetal que protege el terreno, una rotación que mejora la estructura del suelo o una reducción de la erosión pueden parecer decisiones agrícolas independientes, pero todas influyen en la cantidad de humedad disponible para un cultivo.
Y aun con sistemas eficientes existe un límite. Si una región extrae sistemáticamente más agua de la que sus reservas pueden recuperar, mejorar la tecnología de riego no resuelve por sí sola el desequilibrio. Incluso puede ocurrir que una mayor eficiencia haga rentable ampliar la superficie regada y que el consumo global no disminuya. La adaptación necesita mirar la explotación, pero también la cuenca de la que depende.
Una tormenta después de una sequía no siempre es una buena noticia
Puede parecer paradójico que el cambio climático aumente al mismo tiempo el riesgo de sequías y de lluvias extremas, pero ambas cosas pueden coexistir. Periodos más largos sin precipitaciones pueden terminar en episodios muy intensos, y un terreno que lleva semanas seco no siempre es capaz de absorber rápidamente toda esa agua.
En laderas agrícolas, una tormenta fuerte puede convertirse en un problema de erosión. El agua comienza a circular por la superficie, arrastra partículas de la capa fértil y puede llevarse nutrientes y materia orgánica. Si ese proceso se repite durante años, la finca no solo pierde suelo: pierde capacidad para retener agua precisamente en un contexto en el que cada vez resulta más necesaria.
Hay cultivos capaces de recuperarse de un episodio puntual. Recuperar centímetros de suelo fértil es otra cuestión. Esa capa se ha formado lentamente y puede desaparecer en unas pocas lluvias especialmente intensas si el terreno queda desprotegido.
De ahí que las estrategias frente al cambio climático deban pensar también en eventos extremos y no únicamente en promedios. Un sistema puede funcionar perfectamente durante nueve años y demostrar su vulnerabilidad en el décimo cuando llega una tormenta, una sequía o una ola de calor que supera lo ocurrido hasta entonces.
El clima también está moviendo plagas y enfermedades
Los organismos que afectan a los cultivos tienen sus propias necesidades climáticas. Un invierno frío puede limitar la supervivencia de determinadas poblaciones de insectos; unas temperaturas más suaves pueden permitir que un número mayor llegue a la primavera. En otros casos, una estación cálida más prolongada facilita que aparezca una generación adicional durante el mismo año.
Esto no permite afirmar que todas las plagas aumentarán. Algunas pueden verse perjudicadas por temperaturas extremas o por cambios en la humedad, y los efectos también dependen de depredadores, parásitos y plantas huésped. Lo importante es que las relaciones que durante años parecían relativamente estables pueden cambiar.
Una plaga que antes resultaba excepcional puede convertirse en habitual. Una enfermedad puede encontrar condiciones adecuadas durante más tiempo. Algunas especies pueden desplazarse hacia nuevas zonas conforme cambian las temperaturas.
Para la agricultura esto significa más vigilancia y menos capacidad de confiar exclusivamente en calendarios históricos. También aumenta el valor de la diversidad. Una explotación basada en una única variedad muy sensible puede tener menos margen de respuesta que otra con diferentes variedades, cultivos o ciclos productivos.
Hay agricultores que pueden adaptarse y otros que apenas tienen margen
El cambio climático no llega a un campo vacío. Llega a explotaciones con situaciones económicas muy diferentes.
Un agricultor puede disponer de riego, seguro agrario, maquinaria, acceso a crédito, información meteorológica y varias fuentes de ingresos. Otro puede cultivar unas pocas hectáreas de secano y depender prácticamente de una única cosecha anual. Una sequía similar afecta a ambos, pero las consecuencias no son comparables.
Para una pequeña familia productora, perder una cosecha puede significar mucho más que ingresar menos ese año. Puede significar no disponer de dinero para comprar semillas en la campaña siguiente, vender animales, endeudarse o reducir otros gastos básicos. Dos o tres años malos consecutivos pueden poner en cuestión la continuidad de toda la explotación.
Por eso la adaptación climática también tiene una dimensión social. Hablar únicamente de nuevas variedades, sensores o sistemas de riego deja fuera cuestiones como el acceso a financiación, formación, mercados, seguros o derechos sobre la tierra. La tecnología importa, pero importa igualmente quién puede permitírsela y quién tiene capacidad para asumir el riesgo de cambiar.
La agricultura también modifica el clima
Hasta aquí hemos hablado principalmente de cómo el cambio climático afecta a la producción. La relación, sin embargo, funciona en las dos direcciones.
La agricultura genera gases de efecto invernadero a través de procesos diferentes a los que solemos asociar con coches o centrales eléctricas. En el sector agrario tienen especial relevancia el metano y el óxido nitroso. Los rumiantes generan metano durante su digestión; determinados sistemas de gestión del estiércol también pueden emitirlo; los arrozales inundados son otra fuente importante. El óxido nitroso aparece principalmente relacionado con el nitrógeno presente en suelos agrícolas y con el uso de fertilizantes.
A esto se añaden las emisiones de dióxido de carbono procedentes de energía, maquinaria y transporte, además de las vinculadas a cambios de uso del suelo. Cuando un bosque se elimina para ampliar una superficie agrícola, parte del carbono almacenado en la vegetación y el suelo puede pasar a la atmósfera. La pérdida del ecosistema también reduce su capacidad futura para seguir almacenándolo.
Pero tampoco sería correcto presentar toda la agricultura como si tuviera el mismo impacto. Un pastoreo, un arrozal, una explotación hortícola intensiva y un sistema agroforestal funcionan de maneras muy diferentes. La cantidad y el tipo de emisiones dependen del producto, del manejo y de las condiciones del territorio.
Con los fertilizantes ocurre algo parecido. El nitrógeno es esencial para las plantas y no se trata simplemente de eliminarlo. El problema surge cuando se aplica más del que el cultivo puede aprovechar o cuando el momento y las condiciones favorecen pérdidas. Ajustar dosis, sincronizar mejor las aplicaciones con las necesidades del cultivo y mejorar la gestión del suelo puede reducir parte de esas emisiones sin renunciar necesariamente a la productividad.
Un suelo agrícola puede ser parte del problema o parte de la respuesta
Los suelos contienen enormes cantidades de carbono. Parte se encuentra formando materia orgánica y participa en procesos esenciales para la fertilidad, la estructura y la capacidad de almacenar agua.
Cuando un suelo se degrada y pierde materia orgánica, también puede perder carbono. Ciertas prácticas pueden favorecer el proceso contrario y aumentar su contenido durante un periodo: mantener el suelo cubierto, incorporar restos orgánicos, reducir erosión, utilizar rotaciones o integrar árboles son algunas posibilidades.
Esto ha generado mucho interés alrededor del papel de la agricultura en la captura de carbono. Tiene potencial, pero conviene no convertirlo en una promesa exagerada. La cantidad que un suelo puede almacenar es limitada, depende de sus condiciones iniciales y puede volver a liberarse si cambia el manejo. Mejorar los suelos tiene un enorme valor para la agricultura, pero no permite compensar indefinidamente todas las emisiones de otros sectores.
Su gran ventaja quizá sea precisamente que muchos beneficios van más allá del carbono. Un suelo con mejor estructura puede almacenar más agua, sufrir menos erosión y ofrecer mejores condiciones a las raíces. En una agricultura sometida a mayor variabilidad climática, esas características pueden ser tan importantes como la contribución directa a la mitigación.
Un suelo agrícola puede ser parte del problema o parte de la respuesta
Los suelos contienen enormes cantidades de carbono. Parte se encuentra formando materia orgánica y participa en procesos esenciales para la fertilidad, la estructura y la capacidad de almacenar agua.
Cuando un suelo se degrada y pierde materia orgánica, también puede perder carbono. Ciertas prácticas pueden favorecer el proceso contrario y aumentar su contenido durante un periodo: mantener el suelo cubierto, incorporar restos orgánicos, reducir erosión, utilizar rotaciones o integrar árboles son algunas posibilidades.
Esto ha generado mucho interés alrededor del papel de la agricultura en la captura de carbono. Tiene potencial, pero conviene no convertirlo en una promesa exagerada. La cantidad que un suelo puede almacenar es limitada, depende de sus condiciones iniciales y puede volver a liberarse si cambia el manejo. Mejorar los suelos tiene un enorme valor para la agricultura, pero no permite compensar indefinidamente todas las emisiones de otros sectores.
Su gran ventaja quizá sea precisamente que muchos beneficios van más allá del carbono. Un suelo con mejor estructura puede almacenar más agua, sufrir menos erosión y ofrecer mejores condiciones a las raíces. En una agricultura sometida a mayor variabilidad climática, esas características pueden ser tan importantes como la contribución directa a la mitigación.
Adaptarse no consiste en encontrar la técnica perfecta
No existe una práctica agrícola capaz de convertir cualquier explotación en resistente al cambio climático. Una solución que tiene sentido en una zona puede ser irrelevante o incluso contraproducente en otra.
En un territorio con escasez de agua quizá la prioridad sea cambiar cultivos, mejorar el riego y aumentar la capacidad del suelo para conservar humedad. En una región donde el principal problema son lluvias torrenciales, puede ser más urgente proteger el terreno frente a erosión. Una explotación extremadamente especializada puede necesitar diversificación, mientras otra quizá deba concentrarse primero en recuperar un suelo muy degradado.
La rotación de cultivos puede mejorar la estructura productiva y repartir algunos riesgos. Las cubiertas vegetales protegen el suelo y pueden aportar materia orgánica. La agroforestería introduce árboles que proporcionan sombra, biomasa, productos adicionales y otras funciones, aunque una mala elección de especies o densidades también puede generar competencia por agua. Los sistemas de riego eficiente reducen determinadas pérdidas, pero necesitan formar parte de una gestión global del recurso.
Diversificar tiene una lógica especialmente interesante en un clima incierto. Si toda una explotación depende de un único cultivo y un episodio de calor coincide con su momento más vulnerable, prácticamente todos los ingresos pueden quedar comprometidos. Con distintas especies, variedades o ciclos de producción, es más difícil que un solo fenómeno afecte exactamente de la misma manera a todo el sistema.
Esto no significa volver obligatoriamente a modelos agrícolas del pasado. La adaptación puede combinar conocimiento local con previsiones meteorológicas, sensores, nuevas variedades, mejora genética, agricultura de precisión y sistemas modernos de gestión. La cuestión no es escoger entre tradición y tecnología, sino utilizar las herramientas adecuadas para cada contexto.
Adaptarse y reducir emisiones son dos objetivos relacionados, pero diferentes
Una explotación puede tomar una medida excelente para protegerse del cambio climático sin reducir apenas sus emisiones. Instalar un sistema que garantice agua durante una sequía es un ejemplo claro de adaptación. Su objetivo principal es mantener la producción cuando cambian las condiciones.
La mitigación persigue otra cosa: disminuir la contribución de la agricultura al calentamiento. Mejorar el uso del nitrógeno, reducir determinadas emisiones de metano o evitar la pérdida de carbono del suelo son medidas orientadas principalmente hacia ese objetivo.
A veces ambas cosas coinciden. Recuperar materia orgánica puede ayudar a conservar humedad y al mismo tiempo aumentar el carbono almacenado en el suelo. Un sistema agroforestal puede proporcionar sombra frente a temperaturas elevadas y almacenar carbono en la vegetación. Pero no ocurre siempre, y distinguir ambos objetivos permite diseñar mejor las estrategias.
El riesgo de mezclarlo todo bajo la etiqueta de “agricultura sostenible” es terminar atribuyendo a cada práctica beneficios que no necesariamente tiene. Una intervención debe evaluarse por sus resultados reales: qué problema pretende solucionar, qué costes genera y qué efectos aparecen a medio y largo plazo.
Producir alimentos cuando ya no podemos confiar tanto en el pasado
Durante generaciones, buena parte de la agricultura se ha basado en conocimiento acumulado sobre las estaciones. Los agricultores sabían aproximadamente cuándo empezaban las lluvias, qué variedades funcionaban mejor o en qué momento aparecían determinadas plagas. Ese conocimiento continúa siendo enormemente valioso, pero cuando el clima se desplaza con rapidez, el pasado deja de ser una guía tan fiable.
La agricultura del futuro tendrá que trabajar con una mayor capacidad de adaptación. En algunos lugares significará adelantar o retrasar las siembras. En otros habrá que sustituir variedades, cambiar sistemas de riego o introducir cultivos distintos. Habrá explotaciones donde conservar suelo resulte la prioridad absoluta y otras donde el reto principal sea encontrar producciones capaces de sobrevivir con menos agua.
Y algunos cambios serán difíciles. No todos los cultivos que hoy asociamos a una región podrán mantenerse indefinidamente si las condiciones climáticas se alejan demasiado de las que necesitan. Adaptarse también puede significar aceptar que ciertas producciones tendrán que desplazarse o transformarse.
Por eso el gran reto de la agricultura frente al cambio climático no consiste simplemente en seguir produciendo más. Consiste en mantener una producción suficiente y estable sin agotar los recursos que permitirán continuar cultivando dentro de veinte, treinta o cincuenta años. El clima está cambiando las reglas del campo y la respuesta no dependerá de una única innovación, sino de la capacidad de combinar agua, suelo, biodiversidad, tecnología y conocimiento de una forma diferente en cada territorio.
Preguntas frecuentes
¿Cómo afecta el cambio climático a la agricultura?
Puede alterar temperaturas, precipitaciones y disponibilidad de agua, aumentar la exposición a sequías y fenómenos extremos y modificar la presencia de determinadas plagas y enfermedades. El impacto concreto depende mucho del cultivo y de la región.
¿Cómo afecta la agricultura al cambio climático?
La agricultura genera principalmente metano y óxido nitroso, además de dióxido de carbono asociado a energía y cambios de uso del suelo. Ganadería, arrozales, fertilizantes y gestión del estiércol son algunas de las principales fuentes.
¿Por qué es importante el clima en la agricultura?
Porque temperatura, agua, humedad y duración de las estaciones condicionan desde la germinación hasta la floración y la maduración de los cultivos.
¿Qué pueden hacer los agricultores para adaptarse?
No existe una solución universal. Dependiendo del territorio pueden utilizarse variedades adaptadas, diversificación de cultivos, conservación del suelo, mejora del riego, agroforestería o cambios en los calendarios agrícolas.
¿La agricultura puede ayudar a frenar el cambio climático?
Puede reducir una parte de sus emisiones y mejorar la conservación de carbono en suelos y vegetación. Sin embargo, su capacidad es limitada y no sustituye la reducción de emisiones necesaria en energía, transporte, industria y otros sectores.
Fuentes:
FAO – Climate Change
Es la fuente más general para respaldar la relación de doble sentido: el cambio climático afecta a la agricultura mediante temperaturas más altas, cambios en las lluvias, sequías, inundaciones y plagas, mientras que los sistemas agroalimentarios también forman parte de las soluciones de adaptación y mitigación. FAOHome
https://www.fao.org/climate-change/en
IPCC – Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability
La referencia más sólida para efectos sobre rendimientos, agua, seguridad alimentaria, eventos extremos y vulnerabilidad de agricultores.
https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg2/
IPCC – Climate Change 2022: Mitigation of Climate Change
Para la parte sobre cómo la agricultura contribuye al cambio climático, emisiones de metano y óxido nitroso, uso del suelo y opciones de mitigación.
https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg3/
FAO – Scientific review of the impact of climate change on plant pests
Muy buena para el bloque sobre plagas y enfermedades. FAO concluye que el calentamiento ya ha favorecido cambios en la distribución geográfica y establecimiento de algunas plagas. FAOHome
https://www.fao.org/family-farming/detail/en/c/1410850/
FAO – Crop pest responses to global changes in climate and land management
Fuente más reciente para explicar cómo el calentamiento puede ampliar rangos geográficos, modificar ciclos y aumentar el número de generaciones de determinadas plagas. FAOHome
https://www.fao.org/agroecology/in-action/detail/crop-pest-responses-to-global-changes-in-climate-and-land-management/en
FAO – The importance of soil organic matter
Muy útil para la parte sobre suelo, infiltración, retención de humedad y resiliencia frente a sequías. FAO explica que la materia orgánica mejora la estructura del suelo y su capacidad para almacenar agua. FAOHome
https://www.fao.org/4/a0100e/a0100e08.htm
FAO – Soils store and filter water
Refuerza la relación entre suelo sano, almacenamiento de agua y resiliencia frente a inundaciones y sequías. FAOHome
https://www.fao.org/platforms/water-scarcity/Knowledge/knowledge-products/detail/soils-store-and-filter-water—improving-food-security-and-our-resilience-to-floods-and-droughts/en
FAO – Soil overview
Para la parte sobre carbono del suelo y la idea de que un suelo puede actuar como fuente o sumidero de carbono dependiendo de su estado y manejo. FAOHome
https://www.fao.org/land-water/soils/overview/en

