Arranca la COP30 entre polémica: ¿Cumbre crucial o carnaval climático?
Hoy arranca la COP30 en Belém (Brasil), una cita que pretende ser un punto de inflexión en la lucha global contra el cambio climático. Se presenta como la COP “de la Amazonía”: el lugar donde gobiernos, científicos y organizaciones deberían acordar pasos decisivos para proteger los bosques, reducir las emisiones y garantizar justicia climática.
Pero lo hace envuelta en quejas, contradicciones y polémicas que ponen en duda su coherencia. Lo que debería ser una solución global llega con fuertes críticas que revelan la distancia entre los discursos internacionales y la realidad que vivimos en los territorios.
Paul McCartney y el menú “anticlima”
Una de las críticas más mediáticas y simbólicas de esta COP30 ha venido de Paul McCartney, quien pidió públicamente que se elimine la carne del menú oficial del evento, afirmando que “servir carne en una cumbre climática es como repartir cigarrillos en una conferencia sobre prevención del cáncer”.
El músico británico, vegetariano desde hace décadas y activista por los derechos de los animales, publicó una carta abierta dirigida al secretario general de la ONU y al gobierno brasileño pidiendo coherencia entre el discurso ambiental y la práctica cotidiana del evento.
“No podemos hablar de salvar el planeta mientras seguimos sirviendo los productos que más lo destruyen”, escribió McCartney, señalando que la ganadería es responsable de una enorme parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
La ganadería industrial, especialmente en Brasil, es uno de los sectores que más contribuye a la deforestación de la Amazonía, al uso intensivo de agua y a la emisión de metano, un gas con un potencial de calentamiento 80 veces superior al del CO₂.
Solo en 2024, según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), más del 70 % de la deforestación brasileña estuvo vinculada a la expansión de pastos y cultivos de soja para alimentar ganado.
Por eso, la decisión de incluir carne y lácteos en los menús oficiales de la COP30 ha sido calificada por organizaciones ambientales como “un error de comunicación monumental” y “un gesto de incoherencia climática”.
La organización Changing Markets Foundation ha publicado un informe titulado “The Meat Agenda”, donde denuncia que el lobby cárnico brasileño ha tenido un papel activo en la planificación de eventos paralelos y patrocinios de la cumbre, buscando lavar su imagen bajo la narrativa de la “carne sostenible”.
El documento revela que empresas vinculadas a la deforestación amazónica están participando como “socios verdes” del evento, patrocinando paneles sobre innovación y sostenibilidad.
A su vez, colectivos como Plant-Based Treaty, Greenpeace Brasil y Extinction Rebellion Amazonía han lanzado campañas en redes bajo hashtags como #MakeCOPVegan y #EndClimateHypocrisy, pidiendo que los menús sean 100 % vegetales como muestra de compromiso real con la reducción de emisiones.
Estas organizaciones recuerdan que una dieta basada en plantas puede reducir la huella de carbono alimentaria hasta en un 70 %, y que servir opciones vegetales no solo es simbólico, sino una oportunidad educativa para mostrar modelos de alimentación compatibles con un futuro sostenible.
Incluso delegaciones europeas y grupos de jóvenes activistas han anunciado que organizarán un “almuerzo alternativo” con productos vegetales locales frente al recinto de la COP30, como forma de protesta pacífica y de visibilización de alternativas más coherentes.
“No se trata de imponer dietas, sino de enviar un mensaje coherente: no podemos hablar de clima mientras seguimos normalizando la destrucción de ecosistemas en nuestros platos”, declaró una portavoz de Fridays for Future Brasil.
Así, lo que empezó como una simple queja sobre el menú se ha convertido en un símbolo de la falta de coherencia que atraviesa esta cumbre: un evento que pretende liderar la acción climática mundial, pero que sigue anclado en los mismos patrones de consumo que contribuyen a la crisis que intenta resolver.
Una carretera en plena selva amazónica
El gobierno del estado de Pará, anfitrión de la COP30, está construyendo la llamada Avenida Liberdade, una carretera de aproximadamente 13 kilómetros que atraviesa zonas de selva amazónica y comunidades locales en la periferia de Belém.
Oficialmente, se presenta como un proyecto de “mejora urbana” y “acceso logístico” a las sedes donde se celebrarán las reuniones internacionales. Pero para muchas organizaciones ambientales y movimientos sociales, se trata de un símbolo perfecto de la incoherencia entre el discurso y la práctica de la política climática.
Aunque las autoridades han insistido en que la obra “no tiene relación directa” con la COP, diversos medios brasileños —entre ellos O Globo y Agência Pública— revelaron que la Avenida Liberdade figura en los documentos de planificación y presupuestos del estado vinculados a la preparación del evento.
El trazado atraviesa áreas sensibles de bosque secundario y zonas donde viven comunidades tradicionales, campesinas e indígenas, que denuncian haber sido ignoradas en los procesos de consulta previa, un derecho reconocido por la Constitución brasileña y el Convenio 169 de la OIT.
La Pastoral de la Tierra y la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) han alertado de que las obras ya han provocado la tala de centenares de árboles, el desplazamiento de familias y la fragmentación de hábitats, con consecuencias directas sobre la fauna local.
“Lo más grave”, señala una representante de la REPAM, “es que se hace en nombre de una cumbre que dice venir a salvar la Amazonía”.
Los activistas locales lo resumen con contundencia:
“Es una cruel ironía que se destruya selva amazónica para acoger una cumbre sobre su protección.”
Además, el proyecto se ha convertido en un foco de protesta nacional, con manifestaciones en Belém y Manaus. Los movimientos juveniles y las organizaciones indígenas acusan al gobierno de Pará de usar la COP30 como excusa para acelerar obras de infraestructura con fuertes impactos ambientales, aprovechando el impulso mediático del evento.
El caso de la Avenida Liberdade ha encendido el debate sobre la “coherencia climática”: si el país que alberga la cumbre más importante sobre el clima del planeta no puede garantizar que su preparación sea sostenible, ¿qué mensaje se envía al resto del mundo?
Para muchos analistas, esta carretera se ha convertido en el emblema de las contradicciones de la COP30: el intento de mostrar liderazgo ambiental mientras se repiten las mismas prácticas que agravan la crisis climática que se pretende resolver.
Exclusión por precios y logística
A medida que se acerca el evento, los precios del alojamiento en Belém se han disparado hasta un 300 %, con habitaciones que normalmente cuestan 30 euros por noche llegando a superar los 200 euros.
Esta inflación repentina, combinada con una oferta hotelera limitada y una infraestructura urbana aún insuficiente, ha creado un colapso logístico que pone en jaque uno de los principios básicos de las COP: la participación equitativa.
Según informó Le Monde, algunas delegaciones de países africanos y organizaciones de base del Sur global han tenido que reducir su presencia o cancelar viajes por los costes inasumibles.
Incluso grupos de jóvenes activistas e indígenas brasileños —que deberían ser protagonistas en una cumbre celebrada en la Amazonía— denuncian que no podrán asistir por falta de medios para cubrir alojamiento y transporte.
ONG como Climate Action Network o 350.org han calificado la situación de “COP para quien puede pagarla”, un evento que corre el riesgo de reproducir las mismas desigualdades que intenta combatir.
La periodista climática Ana Ionova señalaba que, mientras se habla de inclusión y justicia, las voces de quienes viven las consecuencias del cambio climático quedan fuera de las salas de negociación.
Además, los problemas de conectividad, transporte público y seguridad en la ciudad han dificultado la organización paralela de los espacios de la sociedad civil, donde tradicionalmente se celebran los foros, talleres y encuentros que amplían el debate más allá de los gobiernos.
Varias asociaciones locales han advertido que no se ha garantizado una infraestructura mínima para acoger a los miles de visitantes previstos, especialmente en los barrios más cercanos al recinto oficial.
El resultado, denuncian los movimientos sociales, es una “COP de élites”: con hoteles ocupados por delegaciones diplomáticas y patrocinadores, mientras los colectivos que representan a los pueblos más afectados por la crisis climática quedan excluidos del debate.
“Si las comunidades que viven la deforestación no están en la mesa, no se está hablando de soluciones reales”, resumía una activista amazónica entrevistada por Euronews.
Greenwashing y contradicciones
Brasil se presenta ante el mundo como anfitrión de la “COP de la Amazonía” y como un país comprometido con la protección de los bosques y la justicia climática. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha insistido en que el país “ha vuelto a liderar la agenda ambiental”, prometiendo cero deforestación para 2030 y defendiendo la necesidad de una transición justa.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno muestra un panorama muy distinto.
Mientras el gobierno impulsa una narrativa de sostenibilidad y soberanía verde, mantiene abiertas varias contradicciones estructurales:
- Expansión petrolera: Petrobras, la empresa estatal, ha anunciado nuevas licencias de exploración en la desembocadura del Amazonas, un proyecto criticado por científicos y ambientalistas por su potencial impacto sobre ecosistemas marinos únicos. Incluso la ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, se mostró en desacuerdo con esta expansión, calificándola de “paso atrás en coherencia climática”.
- Aumento de exportaciones agrícolas: Brasil sigue siendo el mayor exportador mundial de carne de vacuno y soja, dos sectores directamente vinculados a la deforestación amazónica. En 2024, el país batió récords de exportación de carne mientras la deforestación se concentraba en zonas de expansión ganadera, especialmente en Mato Grosso y Pará.
- Apoyo al agronegocio: Durante los preparativos de la COP30, grandes conglomerados agroindustriales —como JBS, Marfrig y BRF— han aparecido como patrocinadores o socios de eventos paralelos, presentándose como “aliados de la sostenibilidad”. Estas mismas empresas han sido señaladas por investigaciones internacionales por comprar ganado proveniente de áreas deforestadas ilegalmente.
El diario Le Monde titulaba recientemente: “La COP de los contrastes: el país del petróleo y la carne se viste de verde para recibir al mundo”.
Y The Guardian advertía que “la cumbre de Belém corre el riesgo de convertirse en una vitrina de greenwashing a gran escala”, donde los intereses económicos se camuflan tras discursos ambientales cuidadosamente diseñados para el exterior.
El greenwashing —la estrategia de proyectar una imagen ecológica sin cambios estructurales reales— está más presente que nunca. En Belém, se habla de neutralidad climática, pero la electricidad del evento proviene en parte de fuentes fósiles; se promueve el turismo sostenible, pero los vuelos privados para delegaciones y patrocinadores aumentan la huella de carbono de la cumbre; se organizan paneles sobre biodiversidad patrocinados por empresas que han sido multadas por contaminación o deforestación.
Las organizaciones de la sociedad civil denuncian que esta aparente “COP verde” sirve más como escaparate que como espacio de transformación.
“El problema no es solo lo que se dice, sino quién lo dice y con qué intereses detrás”, señalaba una representante de Climate Observatory Brasil.
Para muchos activistas, este tipo de contradicciones socava la credibilidad de todo el proceso: ¿cómo exigir acción climática a los demás si el país anfitrión no la practica en casa?
En paralelo, movimientos amazónicos y pueblos indígenas han advertido que, aunque Lula ha recuperado el discurso ambiental frente a su predecesor Jair Bolsonaro, las comunidades siguen enfrentando invasiones de tierras, amenazas y proyectos extractivos que avanzan en nombre del “progreso verde”. La Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Amazonía Brasileña (COIAB) resumía:
“No basta con hacer una COP en la Amazonía. Hay que escuchar a la Amazonía.”
Así, la COP30 se ha convertido en un espejo de las tensiones globales entre imagen y acción, entre diplomacia y territorio, entre compromisos firmados y realidades incumplidas.
Y en ese reflejo, Brasil no está solo: representa una contradicción que atraviesa a todo el sistema internacional.
Activismo en las calles
Mientras en el interior del recinto oficial de la COP30 se multiplican los discursos, las calles de Belém se han convertido en el verdadero escenario del debate climático.
Desde los primeros días de la cumbre, miles de activistas, jóvenes, pueblos indígenas y organizaciones sociales han salido a manifestarse para denunciar la falta de acción y exigir justicia climática real, no negociada en despachos.
Pancartas, murales y proyecciones luminosas llenan la ciudad con mensajes como:
“Protect forests and people”, “Polluters pay”, “The Amazon is not for sale” o “Climate justice = social justice”.
Las movilizaciones son diversas y descentralizadas, pero confluyen en una misma idea: la COP debe dejar de ser un escaparate de promesas y convertirse en un espacio de compromisos concretos, medibles y vinculantes.
Entre los protagonistas de las protestas destacan:
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🌎 La Marcha de los Pueblos por la Amazonía, una gran movilización que reunió a más de 20.000 personas de distintos estados brasileños, junto a delegaciones indígenas de Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia. Su consigna central: “Sin Amazonía, no hay clima posible.”
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🪶 La Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Amazonía Brasileña (COIAB) y la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB), que han denunciado la exclusión de líderes comunitarios en las negociaciones oficiales y exigido que las soluciones climáticas reconozcan los derechos territoriales de los pueblos originarios.
“Nos invitan a la foto, no a la mesa. Pero somos quienes estamos defendiendo el bosque cada día con nuestras vidas”, declaró Sônia Guajajara, ministra indígena y activista histórica.
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🌱 Fridays for Future Brasil, junto con colectivos juveniles de más de 40 países, que organizaron la campaña digital #COP30RealAction para visibilizar la desconexión entre los compromisos anunciados y la falta de cumplimiento de los Acuerdos de París.
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💬 Extinction Rebellion y 350.org, que han desarrollado performances callejeras y vigilias nocturnas frente al centro de convenciones con cruces verdes, en memoria simbólica de los defensores ambientales asesinados en la Amazonía.
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🌾 Redes campesinas y de mujeres rurales, como el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), que recordaron que la transición ecológica debe ir de la mano de una transición social y agraria: “No hay clima sin soberanía alimentaria.”
Las protestas también se han hecho visibles en el ámbito digital. En redes sociales, el hashtag #AmazoniaResiste se convirtió en tendencia global, impulsado por activistas, periodistas y artistas que reclaman coherencia y acción inmediata.
A pesar de las altas temperaturas y las fuertes medidas de seguridad, los colectivos locales han mantenido una presencia constante en los espacios públicos, combinando rituales indígenas, arte, música y denuncia política.
En la Plaza de la República de Belém, un grupo de jóvenes amazónicos proyectó sobre los edificios la frase:
“Our future is not negotiable.”
Estas manifestaciones reflejan una creciente frustración hacia un modelo de negociación que muchos perciben como distante, burocrático y dominado por intereses económicos.
“Mientras ellos hablan de neutralidad de carbono para 2050, nosotros estamos perdiendo bosques y vidas hoy”, denunció una joven activista de Pará en declaraciones a Euronews.
Para los movimientos sociales, la verdadera acción climática ocurre fuera de las salas de conferencias: en los territorios donde se lucha por proteger los ríos, los bosques y los medios de vida. Y su mensaje resuena con fuerza: sin justicia social, no habrá justicia climática.
¿Qué tiene que ver esto con nuestro trabajo en Azada Verde?
Desde Azada Verde lo vemos con claridad: las soluciones reales están en el terreno, no en los titulares.
Mientras en Belém se discuten grandes declaraciones, en Mozambique cientos de familias trabajan cada día regenerando la tierra, cultivando alimentos sostenibles, plantando árboles y construyendo futuro.
Las críticas a la COP30 nos recuerdan que no basta con hablar de justicia climática: hay que practicarla. Esto implica coherencia en todos los niveles —desde el menú de una conferencia hasta la financiación internacional— y un verdadero reconocimiento de las comunidades que, desde hace décadas, cuidan los ecosistemas que sostienen la vida del planeta.
La COP30 tiene el potencial de ser una cumbre histórica, pero también el riesgo de convertirse en otro ejercicio de “greenwashing global”. La diferencia la marcarán las acciones reales: las que devuelven el protagonismo a las comunidades locales, las mujeres rurales y los pueblos que regeneran la tierra.
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