Hugo Coll con parte del personal sanitario de la misión de Barada

Desde el inicio de la pandemia por coronavirus, son muchas las muestras de agradecimiento y apoyo que ha recibido el personal sanitario por ser ell@s los pilares de nuestra sanidad y porque forman la primera línea de defensa en la batalla contra el Covid-19.

Por su sacrificio, por su compromiso incondicional, por su vocación y sus valores… el agradecimiento y el respeto es unánime. Nos da mucha tranquilidad saber que podemos contar con ellos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha querido resaltar este año el importante trabajo que realizan los profesionales de la enfermería y partería, aportando junto con las organizaciones asociadas, informes que manifiestan la falta del apoyo necesario para salvaguardar la salud del mundo.

Personal sanitario de la misión de Barada en el centro de salud

A pesar de que actualmente contamos con alrededor de 28 millones de profesionales entre el personal sanitario de todo el mundo, sigue habiendo un déficit mundial de 5,9 millones de profesionales, y la mayoría en países de África, sudeste asiático, zonas del Mediterráneo Oriental y partes de América Latina.

El informe presentado por la OMS, el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) y la campaña Nursing Now, pone de relieve que el 80% del personal de enfermería del mundo trabaja solo para la mitad de la población mundial, porque uno de cada ocho de estos profesionales ejerce en un país distinto al país en el que nació o se formó.

¿Qué quiere decir esto? Que los países menos desarrollados, como Mozambique, donde trabajamos, no cuentan con los servicios esenciales. Entonces ¿cómo van a combatir el Covid-19, además de la malaria, el VIH, etc? No pueden.

Fuga de cerebros

Es preocupante y nos lleva a reflexiones como el artículo que publica el periódico británico Financial Times sobre los médicos de África que salvan vidas británicas.

La periodista de origen sudanés, Zeinab Badawi, recuerda, a raíz de la muerte de su primo, Adil El Tayar, el primer médico muerto en Gran Bretaña por Covid-19, el problema que tienen los países menos acomodados con la fuga de cerebros en su sanidad.

Plantea cuestiones que no tienen respuesta fácil: si es justo que los médicos que han estudiado en países como Sudán a un costo elevado, terminen trabajando permanentemente en países más ricos, y qué recompensa puede haber para sus países de origen.

Añade que el Reino Unido emplea a más de 66.000 médicos principalmente de países de ingresos bajos y medianos además de reclutar activamente personal de enfermería.

Podríamos pensar que la solución sería volver a su país de origen, pero no es ese el remedio. En un mundo globalizado hay muchas opciones y los profesionales importados sirven a las comunidades donde ejercen, independientemente de la etnia, el color o la fe de sus pacientes.

Situación del personal clínico

Lo que reclama la periodista es más implicación por parte de los gobiernos y más empatía con los países más vulnerables. La justificada preocupación por la pandemia en nuestros países no debe hacernos más introvertidos y solitarios. Más allá de nuestro territorio hay personas que nos necesitan.

Si atendemos al informe final SARA (Service Availability and Readiness Assessment), realizado por el Instituto Nacional de Salud de Mozambique en colaboración con la OMS y el gobierno de Canadá, podemos observar con claridad la falta de profesionales sanitarios, a nivel general y no solo de enfermería, en todo el territorio nacional.

Nuestros voluntarios Hugo y María con el doctor encargado de nuestras Escolas de Paz

La proporción de profesionales de la salud es de 6 por cada 10.000 habitantes. Ni qué decir tiene la elevada carga de trabajo de estos.

La correspondencia con respecto a la población es baja teniendo en cuenta el valor de referencia establecido por la OMS, y la falta de infraestructuras sorprende aún más.

La infraestructura mozambiqueña

El promedio de centros sanitarios es de 0,57 (menos de uno) por cada 10.000 habitantes, con desequilibrios territoriales y sociales y sin tener en cuenta los indicadores de acceso (las barreras geográficas, tiempo de viaje y comportamiento de las personas, entre otros).

En los centros hospitalarios, la proporción de camas es de 5 por cada 10.000 habitantes, y la proporción de camas de maternidad es de 5 por cada 1.000 mujeres embarazadas.

Del total de unidades sanitarias contabilizadas (1.651 registradas en la base de datos del sector público), llaman la atención los porcentajes de centros sin servicios básicos como electricidad o agua:

  • el 19% no tienen electricidad 
  • el 12% no tienen agua dentro o en las instalaciones 
  • el 45% no tienen baños para los trabajadores 
  • el 17% no tienen baños para los pacientes

Estadísticas desalentadores y datos poco esperanzadores para los habitantes de este país, especialmente para las familias que viven en el medio rural. Enfrentarse así a una emergencia sanitaria que desencadena una emergencia alimentaria y económica es impensable.

¡Apoya nuestras acciones contra el Covid-19 y la emergencia alimentaria! Aseguras la supervivencia de estas familias.

Agricultores mozambiqueños luchando por su soberanía alimentaria

Hace tiempo que numerosas organizaciones y personas comprometidas con la preservación del medio ambiente y la justicia económica vienen denunciando la insostenibilidad de nuestra soberanía alimentaria y sistema de producción agrícola.

Cuando nos sobrevino el Covid-19, las sociedades agrícolas estaban demandando un cambio en la regulación de las políticas de producción alimentaria. Esto implica un cambio de modelo económico que podría entenderse como una utopía deseable

Repasar las causas que generaron este desequilibrio y las razones de estas demandas puede ser un buen ejercicio de reflexión durante el confinamiento.

Las organizaciones agrarias y campesinas denuncian que los precios percibidos por quienes producen los alimentos no reflejan el valor real ni los costes de producción, y que el precio pagado por quienes consumen esos alimentos son desproporcionados con respecto a lo percibido por quienes los producen.

Justicia económica y medioambiental

Numerosos expertos consideran que la sostenibilidad del sistema alimentario ha de ser un objetivo global y urgente, ya que con la comida que se desecha podría alimentarse a 2.000 millones de personas, y aún hay 240 millones que pasan hambre, principalmente en el continente africano.

Nadie puede negar el placer de comer un aguacate fuera de temporada, sobre todo en países en los que este fruto no es autóctono. La libertad de poder comer (y de poder cultivar) productos como este, chocan frontalmente con la justicia económica y medioambiental.

Libertad, según la RAE, es la facultad y derecho individual para hacer todo aquello que las leyes no prohíben y que no perjudique a los demás. Las libertades conquistadas tras la Revolución Industrial a veces se sustentan sociológica y políticamente en prácticas que obvian este aspecto: el de no perjudicar a los demás.

Otra cuestión es si esas leyes a las que se alude perjudican o no a terceros. Al hilo de lo que denuncian las organizaciones agrarias y campesinas, podríamos hacer un poco de historia.

Superproducción de cultivos y cambio climático 

Los gremios han existido casi desde los orígenes de la civilización, cuando las personas comenzaron a especializarse en determinadas tareas sociales: pastores, tejedores, alfareros, agricultores, sacerdotes, médicos, etc.

En Europa y sus colonias en América, las corporaciones gremiales jugaron un papel importante durante la etapa precapitalista, pero luego estuvieron prohibidas debido a que se consideraban contrarias a la libertad de mercado.

Lo cierto es que asociarse en estructuras organizadas permitió evitar el abuso en la producción y la competencia desleal en los precios.

La cuestionable evolución de la civilización lleva hoy a esquilmar bosques, a la desertización y a una superproducción de cultivos que pueden permitirse una rebaja en los precios, entre otras cosas.

¿Qué problemas genera nuestro sistema agroalimentario actual?

  • La liberalización en el sector, que incluso cotiza en bolsa
  • La premisa de producción de alimentos sin límite
  • La no vinculación a políticas de nutrición o sanitarias
  • La desregularización del sistema, ya que se rige por las leyes de la economía de mercado
  • La falta de consideración del impacto ambiental que supone y que cada día influye más en el cambio climático

Las consecuencias: se han incrementado los monocultivos (maíz, soja, trigo…), lo que conlleva una pérdida de biodiversidad agrícola que acelera la erosión del suelo; se usan de fertilizantes químicos que han contaminado agua dulce y océanos; y aumenta la emisión de gases de efecto invernadero, entre otras.

Sin embargo, con la llegada de la pandemia, esta forma de producción agrícola se erige como la salvación ante la situación de confinamiento.

Costes inasumibles para las pequeñas

Esos distribuidores e intermediarios cuya ética mercantil estaba siendo puesta en cuestión ante las protestas de las pequeñas sociedades agrícolas, son ahora, los héroes de la situación

Más de 600 organizaciones de todo el estado español exigen medidas para apoyar la producción y comercialización agroalimentaria de pequeña escala, el ámbito agroecológico y la economía local.

Dos beneficiarias del proyecto de Asociaciones Agrícolas

Angelina y Augusta, dos de las beneficiarias del proyecto de Asociaciones Agrícolas de Azada Verde

Reclaman la apertura de los mercados alimentarios, apostar desde la administración por las producciones locales o medidas fiscales como la exención del pago de autónomos a las pequeñas granjas.

Por otra parte, el cierre generalizado de los mercados alimentarios por la interpretación excesivamente restrictiva de muchos gobiernos locales y autonómicos provoca que las prohibiciones decretadas por el estado de alarma ante la pandemia del COVID-19 estén generando costes inasumibles a los productores y las productoras locales.

La gran empresa se apropia de África

Esta situación está afectando profundamente a sus modos de vida, además de estar incrementando el desperdicio alimentario por la imposibilidad de dar salida a sus productos y, lo que es más grave, que no lleguen a la ciudadanía alimentos básicos, frescos y más sanos frente a los procesados. 

Pero sucede que las grandes empresas se están apropiando, además, de vastas extensiones de tierra en el continente más hambriento del planeta.

Recientemente ha salido a la luz que unos 600 millones de libras del dinero que Reino Unido destina a la ayuda al desarrollo, cortesía de los contribuyentes, están siendo aprovechados por las grandes empresas para incrementar sus beneficios en África a través de la Nueva Alianza para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición.

A cambio de recibir ayuda económica e inversiones empresariales, los países africanos tienen que cambiar sus leyes para facilitar a las empresas la adquisición de tierras, el control del suministro de semillas y el de los productos de exportación.

Más apoyo y distribución justa

El año pasado, el director de Global Justice Now, Nick Dearden, dijo que esto es “exactamente lo contrario de lo que se necesita, que es apoyar a los pequeños agricultores y una distribución más justa de la tierra y los recursos para dar a los países africanos mayor control sobre sus sistemas alimentarios”.

Etiopía, Ghana, Tanzania, Burkina Faso, Costa de Marfil, Mozambique, Nigeria, Benín, Malawi y Senegal participan en la Nueva Alianza.

Agricultores de la asociación de Nhaumue

El actual paradigma se basa en el supuesto de que los países en desarrollo necesitan adoptar políticas neoliberales y que el dinero público, bajo el disfraz de las ayudas, debería facilitar este proceso. 

Durante generaciones los agricultores han estado guardando e intercambiando semillas entre ellos. Esto les ha proporcionado un cierto grado de independencia y les ha permitido innovar, mantener la biodiversidad, adaptar las semillas a las condiciones climáticas y defenderse de las enfermedades vegetales.

Semillas híbridas, solo para grandes

Sin embargo, las grandes empresas de semillas, con la ayuda de la Fundación Gates, del gobierno estadounidense y de otros donantes de ayuda, están contemplando nuevas formas de aumentar su nivel de penetración en el mercado, desplazando los sistemas de semillas de los propios agricultores.

Las semillas híbridas comercializadas por estas empresas a menudo producen mayores cosechas la primera vez que son plantadas, pero con la segunda generación de semillas se obtiene una cosecha menor y los cultivos desarrollan caracteres imprevisibles, que los hace inadecuados para su conservación y uso posterior.

Phil Bereano, activista por la soberanía alimentaria dentro de AGRA Watch, advierte que  las empresas occidentales solo eligieron los aspectos más rentables de la cadena de producción de alimentos, mientras que dejaron que el sector público de África corriera con los gastos de los aspectos que no resultaban rentables, lo que mejoró la rentabilidad a lo largo de la cadena.

En Mozambique la agricultura lo es todo

En Mozambique el sector agrícola representa alrededor del 30% del PIB y el 25% del total de exportaciones (alimentos y materias primas agrícolas). La agricultura, que emplea al 80% de la fuerza de trabajo, es la principal fuente de ingresos para más de un 70% de la población

Algunas empresas agrícolas han expulsado de sus tierras a los pequeños agricultores. Bananalandia, una explotación de 1.400 hectáreas cercana a Maputo, ha mejorado la vida de la población local: da empleo a 2.800 personas y ha construido carreteras, escuelas y tendido líneas eléctricas.

Instalación bici-bomba

Carga y transporte de una de nuestras bici-bombas

También ha ayudado a convertir Mozambique en país exportador de plátanos. Sin embargo, son muchas las personas, antiguas propietarias de las pequeñas fincas familiares, que se han quedado sin nada.

Estas tierras de las afueras de Maputo son la imagen que resume las opciones agrícolas de África: ¿la producción de alimentos se hará en enormes plantaciones como Bananalandia o en las pequeñas explotaciones llamadas machambas?

La diversificación, mayor resiliencia

Es frecuente que se transmita a la sociedad a través de los medios de comunicación y los estamentos políticos que el hambre, y las crisis alimentarias en general, tienen un origen en el propio sector terciario: malas cosechas, tecnologías anticuadas, falta de cultura, cuestiones meteorológicas adversas, falta de capacidad de almacenamiento, etc.

Pero lo cierto es que el hambre, si bien los mencionados factores tienen su influencia, tiene que ver mucho más con el papel de las grandes entidades financieras, la tolerancia política e institucional frente a las grandes estrategias especulativas, o el papel de las grandes multinacionales del agronegocio, que con la cantidad de alimento producido.

No se trata de aumentar los rendimientos, sino de permitir las técnicas agrícolas que han “funcionado” durante milenios y los sistemas productivos diversificados que otorgan resiliencia ante las adversidades.

No se trata de introducir capital financiero en el mundo agrario sino de permitir que la estructura de precios sea justa, que las decisiones sobre cuánto, cómo y dónde comercializar las producciones recaigan sobre las personas que producen el alimento, otorgándoles independencia y soberanía.

No se trata de convertir el paisaje, los alimentos y los medios de producción en mercancías, sino de garantizar el acceso a estos como derecho fundamental y universal.

FUENTES: SOBERANÍA ALIMENTARIA (biodiversidad y culturas), National Geographic

Niños sacando agua de un pozo en Mangunde

Higiene y virus, unidos y al mismo tiempo tan separados en África. El coronavirus llegó y está afectando a ricos y pobres sin distinción, por eso, la OMS se empeña en recalcar la importancia del agua y sobre todo del indispensable lavado de manos.

Pero… ¿África y, sobre todo Mozambique, tienen el acceso al agua necesario para pararle los pies al coronavirus?

En África se encuentran 19 de los 25 países con menos acceso al agua del mundo. En general, África Subsahariana por ejemplo, cuenta con menos del 60% de cobertura. Y esto sin contar si el agua es potable o no, algo fundamental.

La gran desigualdad del continente africano se debe en gran parte a Sudáfrica, donde se encuentran más de la mitad de las presas de toda África Subsahariana.

No solo coronavirus

Debido a una falta de saneamiento del agua, las personas entran en riesgo de contraer infecciones por exposición a patógenos o por heces, que luego pueden desencadenar en infecciones como el cólera o el Covid-19, con los niños como los más vulnerables.

No estamos diciendo que no haya agua en absoluto, sino que para algunas comunidades, ésta puede estar muy lejos y además puede no ser potable, cosa que solo se consigue con plantas de tratamiento, que a la vez resultan muy caras.

Existe una gran desigualdad de cobertura en cuanto acceso al agua en África: mientras las zonas urbanas cuentan con un 64% de acceso, en las rurales el porcentaje es de solo un 17%.

Sin agua en el medio rural

En cuanto al saneamiento mejorado (el que higiénicamente imposibilita el contacto entre la heces y los humanos), sólo el 24% de la población mozambiqueña tiene acceso a esta y el resto (76%) no. Este dato negativo sube en zonas rurales hasta el 88% y en las urbanas un 53%.

Existe también un contraste muy marcado entre las provincias del norte y las del sur: en Maputo (sur), un 87,1% tiene acceso a agua potable y un 70,1% a un saneamiento mejorado. En cambio, en el norte, como en Zambézia, solo un 30% tiene acceso a agua segura y solo un 13% a un saneamiento mejorado.

Algunas mejoras: de 1990 a 2015 hubo un gran descenso de personas sin acceso al agua, cuyo porcentaje bajó de un 65% a un 49%.

En conclusión. Esperemos que el coronavirus no se expanda mucho por Mozambique porque como vemos, no hay recursos hídricos suficientes para librar una lucha con garantías.

TÚ puedes ayudar a frenar la propagación del virus y contrarrestar los efectos de la enfermedad ayudando con la emergencia. GRACIAS.

Llueve sobre mojado en Mozambique

El Covid-19 ya está en Mozambique. Desde que la pandemia fuera declarada en España, a la zaga de Italia, y después seguida por otros países de la Unión Europea, empezamos a vivir la pesadilla del confinamiento y el miedo por su posible propagación en el continente africano y países en vías de desarrollo.

Mozambique tiene un nivel de calidad de vida bajo respecto a otros países: depende del sector agrícola, tiene un escaso desarrollo industrial y presenta problemas socioeconómicos.

El PIB per cápita es un muy buen indicador del nivel de vida y en el caso de Mozambique está en la parte final de la tabla mundial, en el puesto 189 (¡de 196!). O sea podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos mucho que hablamos del octavo país más pobre del mundo.

El llamado “capitalismo extractivo”, modelo económico presente en Mozambique, resulta ser, según las mediciones de riqueza de esta filosofía monetaria, la gran esperanza del país para mejorar su puesto en el ranking del PIB.

Pero la realidad es que no ha sido así. Ha generado lo que, en el lenguaje del Desarrollo, ha sido catalogado como “la maldición de los recursos naturales”:

  • El subsuelo de Mozambique es rico en minerales metálicos y no metálicos, pero sólo el carbón y la sal se explotan en cantidades apreciables.
  • Los recursos pesqueros son importantes (langostinos y camarones) y representan la principal fuente de divisas.
  • Los cultivos orientados a la exportación son las nueces, té, caña de azúcar y algodón.
  • La mayor parte de la producción agrícola se debe a pequeñas explotaciones familiares, que producen las principales cosechas de maíz, mandioca, fríjol, arroz, verduras y aceite vegetal de cacahuete, sésamo, y semillas de girasol.

El Covid-19 empeora las cosas en Beira y el medio rural mozambiqueño

Una desigualdad brutal

Desde la proclamación de su independencia en 1975, Mozambique se ha convertido es un país con una legislación bastante evolucionada a nivel democrático y teórico.

Sin embargo, socialmente, prevalecen prácticas que mantienen una desigualdad brutal en todos los aspectos, sobre todo en el de género, cuestión que choca con el hecho de ser uno de los países con más mujeres incorporadas a la vida civil.

Y mientras en ciudades como Maputo se pueden ver automóviles y restaurantes de lujo, la mayor parte del país se desenvuelve en un caos donde el acondicionamiento y las infraestructuras brillan por su ausencia. Se sobrevive en construcciones de paja y latón y el acceso al agua resulta una tarea penosa.

Además todo se agravó en 2019 cuando las infraestructuras fueron arrasadas por el ciclón Idai: casas, caminos y puentes quedaron en ruinas y las tierras agrícolas inservibles.

Todo sumado supone un evidente caldo de cultivo para que los servicios públicos básicos como la sanidad y la educación resulten tremendamente deficientes.

Asignaturas pendientes

La mejora de la educación, la lucha contra la desnutrición infantil y la garantía de servicios de salud dignos en zonas rurales y urbanas siguen siendo la asignatura pendiente para un país con recursos propios que sortea sus deficiencias con la ayuda de otros países donantes y la intervención de las ONG.

Aunque en el momento de escribir este artículo no hay ningún caso de muerte por coronavirus, se han restringido los accesos desde el exterior y se ha recomendado a la población exponerse lo menos posible.

Esta práctica resulta complicada en el caso de familias rurales que comparten el uso de pozos o se tienen que trasladar en pequeños autobuses donde la masificación es inevitable.

Solo cabe esperar que la pandemia no se cebe con esta y otras poblaciones del continente para no empeorar aún más los problemas crónicos que ya de por sí sufren desde siempre.

Miedo al desastre

Dicen que la perplejidad es la semilla del pensamiento. Aquí andamos perplejos en este apocalipsis con tintes de una de las siete plagas.

Esta perplejidad lleva a cuestionarse en qué empleábamos el tiempo, la destrucción del planeta, el vacío de los minutos en que dejamos correr los días…

Andamos cuestionando nuestro modelo de vida, en la esperanza, tal vez, de hacer fecunda esta perplejidad. Así, se especula con un orden institucional que nos permita una existencia más respetuosa con el medio ambiente, con los demás…

¿Es solo al orden institucional al que debemos confiar este cambio vital? Se habla del individualismo capitalista, del asfixiante control de las administraciones más colectivistas, de si es necesaria una ley aquí y otra ley allá que evite los desastres…

El desastre. Ese es el miedo que sostiene esta perplejidad occidental. En lugares como Mangunde, donde el día a día es una sucesión de tareas ingratas y desabastecimiento, no hay tiempo para la perplejidad.

El umbral de dolor que tanto ocupa a profesionales de la medicina y la psicología en Occidente (tal vez para trivializar o relativizar el sufrimiento ajeno a fin de descargarnos del peso que la tan cacareada empatía nos impone), es equiparable al umbral del miedo.

Siendo este umbral una medida de la percepción personal, aquí estamos todos en el 0’0, sin duda, espantados como una mosca en la contraventana.

Con el miedo en el ADN

En Mozambique, el miedo, por ser constante, no resulta más llevadero. Son generaciones las que crecen con él en el ADN, el mismo ADN que les hace valientes y activos para solucionar problemas.

En la película El niño que domó el viento de Chiwetel Ejiofor, hay una magnífica alegoría de todo esto. Fueron sus propios recursos e ingenio lo que les ayudó a cambiar las cosas, una esperanza de mejora de ese día a día para el sustento básico, el que, una vez cubierto, te deja espacio para la perplejidad existencial

Mozambique, formado por gente luchadora que ha pasado grandes penurias y mira la vida con optimismo, fuerte por dentro y alegre por fuera, ya fue bautizado por Vasco de Gama como a terra da boa gente

No es errático preguntarse si es esta cualidad la que sostiene a este pueblo de tantas calamidades. Y cabe pensar, por supuesto, que ese carácter abierto a la alegría y la esperanza les ayudará también en esta travesía que muchos europeos y occidentales vivimos como un apocalipsis.

Se cumple un año del ciclón Idai

Un año después del paso del ciclón Idai, Mozambique lucha por recuperar la normalidad.

Mozambique, Malaui y Zimbabue fueron azotados por uno de los peores ciclones tropicales de los que se tiene constancia en África y en todo el hemisferio sur: Idai. Los fuertes vientos, las lluvias torrenciales y las graves inundaciones produjeron daños catastróficos que arrasaron extensas zonas del Canal de Mozambique.

El epicentro de este desastre se situó en la ciudad de Beira, destruida al 90%: “la primera ciudad devastada por el cambio climático”, así lo calificó Graça Machel, ex-primera dama mozambiqueña y activista social, que no hacía más que constatar la realidad. Beira y Mozambique habían sufrido uno de los peores desastres naturales del continente africano.

La primera evaluación que Azada Verde pudo hacer de los proyectos en funcionamiento no fue nada alentadora: edificios asolados, cultivos anegados y destrucción masiva de todo tipo de infraestructuras que desataron una de las peores crisis humanitarias en la historia del país.

Mozambique se enfrentaba a una preocupante situación con más de 2,5 millones de personas necesitadas de ayuda humanitaria.

Idai: un año después

Doce meses más tarde más de 100.000 personas siguen habitando refugios temporales: precarias construcciones, viviendas de listones de madera y lonas sujetas con palos son el escenario en el que parte de la población mozambiqueña vive actualmente.

Se calcula que el 46% de la población del país vive por debajo del umbral de la pobreza, lo que dificulta enormemente enfrentar este tipo de crisis cada vez más frecuentes.

La situación se agrava en las zonas rurales en las que el acceso a una mínimas infraestructuras sanitarias o de saneamiento es verdaderamente dificultoso.

Desesperación entre la gente por el ciclón Idai

Durante todo este tiempo hemos continuado trabajando en el terreno con proyectos que intentan paliar algunas de estas carencias y proporcionar conocimientos para salir adelante. La instalación de nuevas bici-bombas por ejemplo permitirán el acceso al agua para el riego de las parcelas de cultivo.

El fomento de las Asociaciones Agrícolas está teniendo un impacto muy positivo con más de 50 familias beneficiadas a las que se ha proporcionado semillas de diferentes variedades que serán su futuro alimento y además les darán una salida del excedente al mercado para su venta y obtención de ingresos.

Colaboramos en la construcción de un futuro todavía incierto.

Y ahora el Covid-19

En un sistema tan debilitado como el que sufre Mozambique cualquier nuevo desafío puede ser extremadamente perjudicial.

El continente africano atraviesa por momentos críticos teniendo que afrontar diversos frentes: los países orientales están sufriendo un brote de una dañina plaga de langostas mientras que todo el continente debe hacer frente al Covid-19 que ya está presente en muchas zonas.

La progresión de la pandemia en África es todavía una incógnita. Algunos expertos afirman que podría ser diferente por dos motivos: ser la última zona afectada y tener experiencia en gestión de brotes epidémicos como el del ébola pueden jugar a su favor.

El drama del ciclón Idai

La pervivencia del COVID-19 puede verse perjudicada por las cálidas temperaturas de muchos de estos países, lo que parece ser un factor determinante en este virus.

También es relevante que los países de África Subsahariana, la zona más vulnerable del continente, suman una población de 1.200 millones de personas y el 62% de ellas son menores de 25 años. Este factor puede jugar a favor de que muchos de los afectados por el coronavirus no presenten síntomas o sufran procesos menos graves.

Hasta la fecha ya son varios los países que conscientes de la escasez de recursos e infraestructuras sanitarias han optado por medidas drásticas que impidan la expansión de la enfermedad. Se han cerrado escuelas, iglesias, mezquitas, bares, prohibido reuniones multitudinarias… y en muchos de ellos se han cerrado las fronteras aéreas, marítimas y terrestres.

África debe despertar y prepararse para lo peor. La clave del éxito: tomar medidas y prevenir.

Si quieres ayudar en la lucha contra un Covid-19 que ya está presente en Mozambique puedes hacer un donativo pinchando AQUÍ.