Llueve sobre mojado en Mozambique

El Covid-19 ya está en Mozambique. Desde que la pandemia fuera declarada en España, a la zaga de Italia, y después seguida por otros países de la Unión Europea, empezamos a vivir la pesadilla del confinamiento y el miedo por su posible propagación en el continente africano y países en vías de desarrollo.

Mozambique tiene un nivel de calidad de vida bajo respecto a otros países: depende del sector agrícola, tiene un escaso desarrollo industrial y presenta problemas socioeconómicos.

El PIB per cápita es un muy buen indicador del nivel de vida y en el caso de Mozambique está en la parte final de la tabla mundial, en el puesto 189 (¡de 196!). O sea podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos mucho que hablamos del octavo país más pobre del mundo.

El llamado “capitalismo extractivo”, modelo económico presente en Mozambique, resulta ser, según las mediciones de riqueza de esta filosofía monetaria, la gran esperanza del país para mejorar su puesto en el ranking del PIB.

Pero la realidad es que no ha sido así. Ha generado lo que, en el lenguaje del Desarrollo, ha sido catalogado como “la maldición de los recursos naturales”:

  • El subsuelo de Mozambique es rico en minerales metálicos y no metálicos, pero sólo el carbón y la sal se explotan en cantidades apreciables.
  • Los recursos pesqueros son importantes (langostinos y camarones) y representan la principal fuente de divisas.
  • Los cultivos orientados a la exportación son las nueces, té, caña de azúcar y algodón.
  • La mayor parte de la producción agrícola se debe a pequeñas explotaciones familiares, que producen las principales cosechas de maíz, mandioca, fríjol, arroz, verduras y aceite vegetal de cacahuete, sésamo, y semillas de girasol.

El Covid-19 empeora las cosas en Beira y el medio rural mozambiqueño

Una desigualdad brutal

Desde la proclamación de su independencia en 1975, Mozambique se ha convertido es un país con una legislación bastante evolucionada a nivel democrático y teórico.

Sin embargo, socialmente, prevalecen prácticas que mantienen una desigualdad brutal en todos los aspectos, sobre todo en el de género, cuestión que choca con el hecho de ser uno de los países con más mujeres incorporadas a la vida civil.

Y mientras en ciudades como Maputo se pueden ver automóviles y restaurantes de lujo, la mayor parte del país se desenvuelve en un caos donde el acondicionamiento y las infraestructuras brillan por su ausencia. Se sobrevive en construcciones de paja y latón y el acceso al agua resulta una tarea penosa.

Además todo se agravó en 2019 cuando las infraestructuras fueron arrasadas por el ciclón Idai: casas, caminos y puentes quedaron en ruinas y las tierras agrícolas inservibles.

Todo sumado supone un evidente caldo de cultivo para que los servicios públicos básicos como la sanidad y la educación resulten tremendamente deficientes.

Asignaturas pendientes

La mejora de la educación, la lucha contra la desnutrición infantil y la garantía de servicios de salud dignos en zonas rurales y urbanas siguen siendo la asignatura pendiente para un país con recursos propios que sortea sus deficiencias con la ayuda de otros países donantes y la intervención de las ONG.

Aunque en el momento de escribir este artículo no hay ningún caso de muerte por coronavirus, se han restringido los accesos desde el exterior y se ha recomendado a la población exponerse lo menos posible.

Esta práctica resulta complicada en el caso de familias rurales que comparten el uso de pozos o se tienen que trasladar en pequeños autobuses donde la masificación es inevitable.

Solo cabe esperar que la pandemia no se cebe con esta y otras poblaciones del continente para no empeorar aún más los problemas crónicos que ya de por sí sufren desde siempre.

Miedo al desastre

Dicen que la perplejidad es la semilla del pensamiento. Aquí andamos perplejos en este apocalipsis con tintes de una de las siete plagas.

Esta perplejidad lleva a cuestionarse en qué empleábamos el tiempo, la destrucción del planeta, el vacío de los minutos en que dejamos correr los días…

Andamos cuestionando nuestro modelo de vida, en la esperanza, tal vez, de hacer fecunda esta perplejidad. Así, se especula con un orden institucional que nos permita una existencia más respetuosa con el medio ambiente, con los demás…

¿Es solo al orden institucional al que debemos confiar este cambio vital? Se habla del individualismo capitalista, del asfixiante control de las administraciones más colectivistas, de si es necesaria una ley aquí y otra ley allá que evite los desastres…

El desastre. Ese es el miedo que sostiene esta perplejidad occidental. En lugares como Mangunde, donde el día a día es una sucesión de tareas ingratas y desabastecimiento, no hay tiempo para la perplejidad.

El umbral de dolor que tanto ocupa a profesionales de la medicina y la psicología en Occidente (tal vez para trivializar o relativizar el sufrimiento ajeno a fin de descargarnos del peso que la tan cacareada empatía nos impone), es equiparable al umbral del miedo.

Siendo este umbral una medida de la percepción personal, aquí estamos todos en el 0’0, sin duda, espantados como una mosca en la contraventana.

Con el miedo en el ADN

En Mozambique, el miedo, por ser constante, no resulta más llevadero. Son generaciones las que crecen con él en el ADN, el mismo ADN que les hace valientes y activos para solucionar problemas.

En la película El niño que domó el viento de Chiwetel Ejiofor, hay una magnífica alegoría de todo esto. Fueron sus propios recursos e ingenio lo que les ayudó a cambiar las cosas, una esperanza de mejora de ese día a día para el sustento básico, el que, una vez cubierto, te deja espacio para la perplejidad existencial

Mozambique, formado por gente luchadora que ha pasado grandes penurias y mira la vida con optimismo, fuerte por dentro y alegre por fuera, ya fue bautizado por Vasco de Gama como a terra da boa gente

No es errático preguntarse si es esta cualidad la que sostiene a este pueblo de tantas calamidades. Y cabe pensar, por supuesto, que ese carácter abierto a la alegría y la esperanza les ayudará también en esta travesía que muchos europeos y occidentales vivimos como un apocalipsis.